martes, 2 de junio de 2020

CAJACAY: 31 DE MAYO DE 1970: Por LIVIA PADILLA VIRHUEZ

DOMINGO, 31 DE MAYO DE 2020


CAJACAY : 31 DE MAYO DE 1970

  

POR LIVIA PADILLA VÍRHUEZ







31 DE MAYO DE 1970 EN CAJACAY




Cada año que se va, desde 1970, los peruanos recordamos con recogimiento a nuestros fallecidos, heridos, desaparecidos y damnificados que dejó el terremoto aquel fatídico 31 de mayo, sobre todo en los pueblos de la costa y la sierra del departamento de Áncash. Si bien es cierto que existe variación numérica en diarios, libros, revistas y en la red sobre los fallecidos, la mayoría concuerda que la cifra bordea los setenta mil a nivel nacional. No sé si existirá un padrón de nombres o serán estimaciones, lo real es que dicho terremoto destruyó todo lo que tocó en el Perú.



Ese domingo de sol y cielo azul en Cajacay, tan pronto tomamos desayuno en nuestra casita de “cinco esquinas”, ubicada entre los jirones Daniel Alcides Carrión y Bartolomé Herrera, mis padres, Estanislao y Valeriana, salieron rumbo al cerro Corona Punta llevando en brazos a mi hermanita Liliana de tres meses de nacida. Fueron a cosechar papas a Cachirpayoc, yo me quedé en casa limpiando el horno y acomodando los costales de harina con mi abuelita Lorenza y mis hermanos Abelardo, Elina y Gudelia, para la labor de labranza de panes en la madrugada del lunes.



Después del almuerzo fui a visitar a mi hermana Dina que era casada. Ella me envió a traer agua de la pileta del parque (plaza de armas), frente a la iglesia de San Agustín; las casas de Cajacay no contaban con servicio de agua potable, de repente alguna tenía. No retorné a la casa de mi hermana, pues una fuerte sacudida lo impidió a poco de llenarse el balde. Una niña pequeña de vestidito floreado, sombrero de paja y zapatos blancos, acababa de irse llevando una jarrita con agua. La campana de la iglesia tañía sola o quizá fue mi imaginación, no lo sé realmente. No podía mantenerme parada, parecía que la tierra se iba a abrir bajo mis pies y caí de rodillas implorando a la Virgencita, junto a una señora de traje negro que murmuraba atónita “Es el fin del mundo, el Señor nos está castigando por nuestros pecados”. Cuando cesó el terremoto, dejando el balde en la pileta, empecé a caminar aturdida, como zombi. Estaba tan desorientada que perdí el rumbo al ver personas corriendo desesperados por todos lados, unos pedían auxilio preguntando por sus seres queridos, otros estaban fuera de sí, sólo veía escombros a mi paso, las construcciones de adobe con techos de barro endurecido y tejas se habían desplomado, convirtiendo las calles angostas en trampas mortales, igual los montículos de deshechos en el interior de las viviendas rústicas, Esa tarde dolorosa nadie resultó indemne, todos resultamos afectados en Cajacay.



Mi abuelita y mis hermanos protegieron sus vidas en el centro del patio de la casa, abrazados, llorando y rezando por todos nosotros. La mayoría de las casas del vecindario se cayeron como naipes. En cuanto terminó el terremoto fueron a la casa de mi hermana Dina caminando sobre los destrozos y no me encontraron, preocupados emprendieron la tarea de búsqueda. Horas después mi papá me encontró a la salida del pueblo hasta donde llegué llorando, casi asfixiada por la polvareda. Había perdido una de mis sandalias en el trayecto, mi pie descalzo estaba sangrando bastante, pero no me dolía nada. Mis padres, cargando a mi hermanita Liliana, habían retornado con apremio a Cajacay ni bien paró de temblar la tierra, dejando en Cachirpayoc la papa cosechada.



Recuerdo que cuando llegué a mi casa de la mano de papá no lo podía creer, mi casita nueva de dos plantas, con balcones de madera y tejado rojo, que mis padres habían construido con tanto esfuerzo no existía. Sólo quedó un amasijo de tierra, piedras, maderas y tejas rotas. El horno, los costales de harina que horas antes habíamos acomodado, así como los instrumentos de labranza estaban sepultados. Prácticamente nos quedamos con lo que teníamos puesto encima.



En cuanto mi papá me dejó junto a la familia en el centro del patio, se fue como alma en pena hacia Vinuc, distante a unos kilómetros de Cajacay donde vivían sus padres José y Cristina. Retornó entrada la noche, felizmente mis abuelitos estaban sanos y salvos. En ausencia de mi papá improvisamos una carpa en el patio con frazadas, colchas y palos  que rescatamos del escombro. Junto a la carpa mi mamá hizo un fogón y cocinó en la única olla que quedó intacta, con los pocos alimentos que encontró entre los restos de la cocina y la tienda. Conseguir agua de la pileta del parque resultó una proeza, la cola era interminable.



Esa noche ninguna de las mujeres que ocupamos la carpa durmió de un tirón, ni siquiera mi hermanita Liliana, las réplicas del terremoto eran seguidas, llenando de sobresalto a todos. Mi papá y mi hermano Abelardo pasaron la noche recorriendo las calles del pueblo, apoyando la búsqueda y el rescate de heridos y cadáveres. Poco antes del alba concilié el sueño, pero sólo unas horitas. Al despertar salí de la carpa, sería las ocho de la mañana, todo estaba oscuro, un manto negro de polvo impedía el paso de los rayos solares, así estuvimos varios días. Al día siguiente lunes primero de junio, y sin dormir toda la noche, mi papá y Abelardo fueron a Cachirpayoc para traer la papa cosechada y paliar el hambre de la numerosa familia. Durmieron unas horas, se asearon, comieron algo y con la misma continuaron socorriendo a los paisanos, y así se sucedieron todos los días. Mi mamá y mi abuelita Lorenza hicieron lo propio en casa, como dos abejitas laboriosas, alejando los escombros con sus manos. Estos bellos ejemplos de vida de mis padres, de mi abuelita Lorenza y de mi hermano Abelardo, constituyen las partes más gratificantes del legado de cada uno de ellos. Que Dios Padre Todo Poderoso los tenga en su gloria.



Todos los sobrevivientes trabajaron como un solo puño para rehabilitar el pueblo. Un admirable sentimiento de solidaridad despertó en Cajacay de mi niñez aquel terremoto que desencadenó angustia colectiva. Frente a esta dura prueba nadie se quedó con los brazos cruzados, ni mirando de reojo la desdicha del vecino. El cataclismo infernal no doblegó a ningún ser humano que quedó de pie; por eso lo mejor de Cajacay es su gente, sobre todo los que se salvaron de milagro; de ahí que, a cincuenta años del terremoto renovemos nuestro homenaje a todos los cajacaínos, que sin reparar en el dolor propio ni familiar, tampoco en las limitaciones materiales por el desastre y la fatiga extenuante, acudieron al auxilio de los demás sin temor a perecer aplastados por una viga desprendida o una pared a punto de caer. Gran temple espiritual de nuestra raza que reconforta el ánimo de todos los que vivimos la tragedia en carne propia.



Nunca olvido la imagen de la plaza de armas, llena de cadáveres trasladados de diferentes lugares del pueblo. Uno de los cadáveres era de la niña pequeña de vestidito floreado que vi segundos antes del terremoto en la pileta, tenía los ojos abiertos y no llevaba su sobrerito de paja ni sus zapatitos blancos. Lloré al verla así, pues pude ser yo aquella niña, si el balde se hubiera llenado de agua unos segundos antes del terremoto. No era mi hora. Gracias Dios mío.



Escuchar los motores de los helicópteros dos días después del terremoto eran anuncios de buena nueva para el pueblo de Cajacay, pues en breve caería del cielo ayuda humanitaria. Los niños salíamos corriendo tras los bultos. Tenía en aquel entonces 11 años.



Los Olivos, 31 de mayo del 2020

lunes, 1 de junio de 2020

31 DE MAYO DE 1970: Por ARMANDO ALVARADO BALAREZO ( NALO )


DOMINGO, 31 DE MAYO DE 2020

31 DE MAYO DE 1970


Por ARMANDO ALVARADO BALAREZO (NALO)




Huaraz - Foto 254278 - Perú Terremoto - 31 de mayo de 1970
 
31 DE MAYO DE 1970

"A la Memoria de mis amigos:
Bernardo Escobedo Luna y
Javier Barrenechea Ibarra"


Por Armando Alvarado Balarezo (Nalo)

En las primeras horas de la tarde del domingo 31 de mayo de 1970, se disputó el partido inaugural de la Copa Mundial FIFA MÉXICO 70, entre el país anfitrión y la URSS, culminando, como dicen los charros: "cero a cero, sin balas ni lágrimas". El partido, bajo fuerte sol, fue estimado por los expertos como tenso y de poco lucimiento ofensivo, el empate les venía de perilla a ambos equipos y optaron por mantenerlo así, hasta el pitazo final, ante 107 mil espectadores que colmaron el Estadio Azteca. MÉXICO 70 fue el primer mundial de la historia con tarjetas, cambios, balón blanco y negro y TV a color, toda una revolución futbolera en la tierra de Moctezuma Xocoyotzin.

El reloj de la sala marcaba las 3.22 p.m. en Lima, PERÚ. Mi papá Armando, mi hermano Felipe y yo veníamos comentando el buen juego defensivo de Evgeni Lovchev, jugador del Spartak de Moscú, también de la "palomita" rasante del mexicano Horacio López Salgado, neutralizada por Anzor Kavazashvil, portero de la URSS que dejó en la banca al legendario Lev Yashin; de pronto se escuchó ladridos en el vecindario. Mi mamá entró a la sala persignándose y murmurando "algo va a pasar", un minuto después empezó el terremoto que el mundo nunca olvidará. Tuvo como epicentro el Océano Pacífico, frente a las costas de Chimbote y Casma.

Fue terrible - Recuerdos


3.23 de la tarde, primero un rumor sordo seguido de un tosco remezón, como mazazo en el pulmón. Luego una sacudida violenta, feroz, atronadora, cuesta mantenerse en pie, la casa cruje y vibra interminable... La familia en pleno sale despavorida a la calle "en fila india", ídem los vecinos, uno sin zapatos ni medias, otro en paños menores, es la primera vez que veo sin maquillaje, peinado ni tacos a una dama de toalla al cinto, que alborota corazones de lunes a viernes en el paradero Augusto B. Leguía de la línea 23. En el centro de la calle de tierra está mi amigo Wagner Padilla Vásquez, implorando contrito al cielo, con Ray-Ban oscuro y todos los cabellos en su sitio, viste impecable terno dominguero y calzados de charol, apto para un lonche en el Crillón. Los jirones Aquia y Pacllón del barrio Zarumilla se colman de pavor, Padre Nuestros y lágrimas. El camión rojo de papá parece poseído, trepida sin cesar como zarandeado desde arriba por manos invisibles. Han pasado 45 segundos, pero parecen mil, el sorpresivo terremoto grado 7.9 hace que los segundos parezcan minutos en mi mente atormentada, sin saber que lejos de allí, en mi amado Áncash, se está produciendo una catástrofe de efectos siderales.

La noche del 31 de mayo de 1970, sin conocer la verdadera magnitud del desastre retorné a la EO CINPIP donde cursaba el Tercer Año, pues aquella noche los noticieros limeños no informaron acerca del cataclismo en la sierra ancashina, sólo referencias de lo ocurrido en los pueblos del litoral peruano. Perú jugaba el martes 2 de junio contra Bulgaria, habíamos eliminado del mundial al equipo argentino, no estaban las poderosas escuadras de Francia, España ni Portugal; teníamos los mejores jugadores del planeta, el triunfo estaba garantizado, y dormí tranquilo, soñando con la bicolor.

El 01 junio de 1970 pasé en la escuela sin contratiempos, pero al día siguiente recibí la visita de papá. Me dijo: "Tu abuelita Catita, los amigos, vecinos y familiares que viven en Chiquián están bien; sin embargo dicen que los pueblos del Callejón de Huaylas fueron demolidos el 31 de mayo, también mi Cajacay querido”. La revelación me dejó destrozado. En ese momento comprendí que el dicho popular "No tener noticia es buena noticia" no siempre se cumple con rigurosidad, tampoco el dicho "las malas noticias llegan volando y las buenas cojeando".

Horas más tarde, después de Un Minuto de Silencio por el Terremoto,  se enfrentaron Perú y Bulgaria en el Estadio Nou Camp de la ciudad de León en el estado mexicano de Guanajuato. Perú jugó de rojo con un crespón negro en la manga izquierda como señal de luto. Tras ir perdiendo por 2 a 0, Perú remontó el marcador, venciendo 3 a 2 con goles de Alberto Gallardo, Héctor Chumpitaz y Teófilo Cubillas, logrando su primer triunfo en la historia de los mundiales. El jugador cañetano José Fernández Santini comentó así, el suceso que palió el duelo del pueblo peruano: "Fue durante el entretiempo, estábamos perdiendo ante Bulgaria. Ingresó emocionado al camarín don Javier Aramburú Menchaca que era dirigente, y mostrando el puño, nos dice: 'Muchachos, sé que ustedes están acongojados por el terremoto de hace dos días. Acaban de enviar este puñado de tierra desde Lima, es de los escombros, les pido que salgan a ganar, para que este triunfo se lo dediquemos a nuestra gente que sufre'. Todos nos abrazamos y prometimos ganar como sea y cumplimos, volteamos el partido guiados por "Didi". Después nos enteramos que la tierra había sido recogida por don Javier de un terral cercano al Estadio Azteca".

Al culminar MÉXICO 70, el peruano Teófilo Juan Cubillas Arizaga, fue distinguido por la FIFA como el mejor jugador joven del mundial, al compás de la canción Perú Campeón, y Brasil se consagró Tricampeón del Mundo, ganando en propiedad el Trofeo Jules Rimet (21 de junio de 1970).

El viaje

Después del partido Perú Bulgaria se me acercó en el Patio de Honor de la EO CINPIP el Oficial Segundo (Teniente) Chavarría, comentándome que el Inspector General Belisario Caballero, hijo caracino, estaba gestionando permisos para que los cadetes ancashinos entierren a sus muertos. Al día siguiente me otorgaron el ansiado permiso. No había forma de ingresar a la sierra ancashina por la rutas de Conococha ni de Punta Callán, menos con el "trencito chimbotano" hasta Huallanca (Hidroeléctrica del Cañón del Pato), las vías habían colapsado en varios tramos. Gracias a Dios abrieron dos puentes, uno marítimo hasta Chimbote y otro aéreo hasta el Callejón de Huaylas, opté por el segundo. En el aeropuerto fui atendido por el Comandante FAP Carlos Freyre Graziani, quien al verme desesperado por viajar ofreció ayudarme. "Sólo algo ligero como equipaje", me recomendó. Al día siguiente retorné de madrugada, no logré cupo hasta el mediodía. 20 horas después estaba sobrevolando en helicóptero suelo limeño y ancashino. Un tripulante "samaritano" me cedió su asiento junto a la ventana, por ratos la nave parecía suspendida en el éter, sobre todo cuando el traqueteo de las hélices se tornaban "pajita". Luego de unos días retorné a Lima. Lo primero que hice fue agradecer en persona al Comandante Freyre por su invalorable apoyo. Él escuchó con atención mis peripecias. Lo noté emocionado con la crónica de viaje. También lo visité dos años después por su ascenso a Coronel FAP, luego cuando egresó del Centro de Altos Estudios Militares (CAEM), en diciembre de 1975. La sorpresa llegó con pies alados: un caluroso día de febrero del 76 me llamó por teléfono, invitándome a prestar servicios en el Comité Nacional Defensa Civil, en aquel entonces con sede en el edificio del MININTER, el Coronel Freyre había sido designado por el gobierno  como Secretario Ejecutivo del CNDC (SIDECI). Días después, oficio de incorporación en mano, me presenté a su despacho, y esa misma mañana me integré al Centro de Operaciones de Emergencia de Defensa Civil, a cargo de OA4R  y coordinador con Radio Club Peruano, el Instituto Geofísico del Perú, las prefecturas departamentales, gobernaciones, etc. El Manual de Defensa Civil, elaborado durante la gestión del Coronel FAP Carlos Freyre Graziani, contiene las experiencias que dejó el terremoto y aluvión del domingo 31 de mayo de 1970. También en su gestión se adquirió el edificio que actualmente ocupa el máximo organismo del Sistema de Defensa Civil del Perú.

Los hombres también lloran...


Iba contemplando apocado el Mar de Grau, recordando en el helicóptero mi último viaje de Chiquián a Lima, a fines de marzo de 1970. La vía afirmada Incahuaganga/Paramonga, entre Vinuc y Trinchera, estaba bloqueada por derrumbes insalvables, el término de mi visita se acercaba inexorable y no podía arriesgarme a retornar fuera de la fecha establecida en la Papeleta de Vacaciones. Convencí a mi amigo Domingo "Keclin" Carbajal Malquí y partimos de madrugada de la Plaza Mayor de Chiquián con destino a Huallanca en su góndola azul, con escala en  Conococha, Catac, Utcuyacu, Ticapampa, Recuay, Huaraz, Marcará, Carhuaz, Mancos, Ranrahirca, Yungay y Caraz, lugares paradisíacos que ambos conocíamos bien. Todos los pueblos del Callejón de Huaylas lucían hermosos, llenos de vida, insuflando mi alma de dicha plena en cada recodo con vista al imponente Huascarán, sólo los 35 túneles perforados a pulso en la pared vertical Oeste del Cañón del Pato, de una carretera muy ceñida, con abismos de vértigo hasta el atronador río Santa, hicieron que lleve el corazón, el  alma y el timón en la mano, pues Domingo me cedió la "caña" en Caraz y se echó una siesta rutera en la última fila de asientos de la góndola cuadrada. Después de cuatro horas de estar aguardando en la estación de Huallanca, cientos de pasajeros partimos en tren rumbo a Chimbote, y de allí en bus hasta Lima. 



* * *

De pronto apareció ante la vista de los ocupantes del helicóptero los pueblos del Norte Chico, visiblemente afectados; desde las costas de Pativilca se notaban las siluetas de Huarmey, Casma y Chimbote, mostrando muy poco los efectos del terremoto. Ya sobrevolando el altiplano ancashino se podía distinguir desde el aire: Tupucancha, Conococha, la Pampa de Lampas, Romatambo, Cátac y Ticapampa, desde este último lugar hasta lo que quedaba de Yungay, y sobre los terrenos colindantes con la provincia de Huaylas, una densa nube oscura a lo largo del Callejón de Huaylas impedía el aterrizaje de las naves en las zonas afectadas, complicando el rescate de los sobrevivientes; del cielo solamente bajaban paracaidistas, prendas de abrigo, víveres, medicinas y equipo médico, por lo que el piloto buscó un lugar adecuado y descendió. La caminata fue larga y extenuante hasta Huaraz. Desde una altura considerable, oteando lo poco que se veía del Huascarán, imploré a Jesús de Nazaret y lloré. Las operaciones de búsqueda y rescate se venían llevando a cabo con premura, sobre todo el recojo de cadáveres para darles cristiana sepultura, cuanto antes. En Huaraz perecieron más de diez mil personas. Como siempre, en cada acto el ancashino mostraba ese espíritu estoico que lo caracteriza frente a la adversidad, solidario, sereno, fraterno, respetuoso de las Leyes de la Naturaleza y de sus apus, trabajador infatigable, voluntarioso más que comedido por algún interés; claro, sentimental hasta el tuétano, no todo es perfecto en esta vida.

El Callejón de Huaylas es un valle estrecho y alargado de 174 kilómetros de longitud, que se inicia en la laguna de Conococha y termina en el Cañón del Pato, siguiendo el curso del río Santa que corre caudaloso de Sur a Norte, entre la Cordillera Negra al Oeste y la Cordillera Blanca al Este, esta última con varias cimas de granito superiores a los 6 mil metros de altitud, cubiertas de nieve y hielo macizo, entre las que destaca el bicéfalo Huascarán (Mataraju), con una elevación de 6768 m.s.n.m., siendo la montaña más alta del Perú, y según muchos entendidos, la segunda más alta del mundo, sólo superada por el volcán Chimborazo, si la medición se realiza desde el centro de la Tierra, sobrepasando en 1900 metros la altura al Everest, además de estar en una parte de la superficie terrestre con la menor fuerza de atracción gravitacional.






Del acogedor Huaraz que conocí de niño, y cuyas calles limpias anduve lo suficiente de adolescente, sólo estaba de pie el Jr. José Olaya y se improvisó un hospital de emergencia en el Hotel de Turistas; todo lo demás estaba en ruinas, como si los caballos de los Hunos comandados por el bárbaro Atila hubiesen arrasado todo a su paso asolador: caminos, puentes, carreteras, calles, escuelas, negocios, casas, etc. Recuerdo una bella casona donde me alojaba en el barrio de Belén, de ocho metros de alto hasta la cruz del tejado central, un patio hermoso lleno de flores multicolores con cientos de pajarillos canoros, el terremoto dejó sus paredes de cincuenta centímetros de alto en promedio, el enorme portón y las 12 puertas de caoba no estaban por ningún lado, seguramente ya eran ataúdes; allí, entre los escombros encontré mis tres primeros hallazgos: dos zapatos pequeños del pie izquierdo y lo poco que quedó de una muñeca de porcelana entre los adobes tirados en el piso, nunca ubiqué a sus dueños. Llegó la primera noche entre ayes y oraciones, Huaraz seguía temblando, yo también, nadie en su sano juicio podía conciliar el sueño sin frazada, con un cabito de vela en la mano a punto de derramar su última lágrima, menos todavía a la intemperie. Un ojo abierto y el otro cerrado, no quedaba otra forma de descansar un poco. No había qué comer ni agua potable para beber, menos una cama donde dormir.  Tener un ripio en el bolsillo no garantizaba un pan con emoliente, no había dónde comprar, con el hedor a tánatos en los bellos nasales que el sentido del olfato no amortigua, porque el cerebro es quien manda. La mañana siguiente me topé en la Plaza Mayor con un trovador con fuerte vocación por el caliche y la filosofía popular, venía tarareando "canta y no llores""Si buscas a alguien y no lo encuentras, es porque tenía orden de captura del cementerio", me dijo orondo. Y continuó hablando: "El mejor socio de la muerte es el terremoto que le provee de un montón de gente en el mundo entero. Nadie escapa a su destino, porque el destino como gemelo de la muerte a todos en algún momento nos alcanza; me salvé del aluvión del 41 y del terremoto del 31 de mayo último, se me va acortando la soga, de repente muero ahorcado como Judas", y se marchó tambaleante hacia el barrio de La Soledad.  Mi papá también se salvó de morir en el aluvión del 13 de diciembre de 1941 que destruyó la tercera parte de la ciudad de Huaraz, sepultando a 1800 personas, dejando 400 heridos y 1500 familias sin techo. Del Palcaraju se desprendió un enorme bloque de hielo cayendo a la laguna Palcacocha desbordándola sin misericordia.

Según testigos presenciales, el terremoto del 31 de mayo de 1970 no causó grandes daños materiales en Yungay y Ranrahirca. En Yungay la mayoría de las casas señoriales y sus calles bien trazadas habían quedado a buen recaudo. Durante el terremoto el sol brillaba en un cielo azul intenso. La desgracia vino después de un breve lapso de silencio, se desprendió el pico norte del Huascarán provocando una ola gigantesca de hielo, agua, arenilla, pizarras, lodo, piedras de hasta 800 toneladas, arboles y todo lo que la avalancha encontró en su camino de destrucción y muerte, formando un kilométrico abanico aluvial con sonido ensordecedor, corriendo endemoniado a más de 350 km/h ladera abajo, sepultando a Yungay y Ranrahirca. Dicen, que la cresta de la tromba asesina superó los sesenta metros de altura, que por poco se lleva el cementerio. Prácticamente el aluvión se tragó dos pueblos hermanos en un par de minutos. No más de quinientas personas se salvaron de morir en Yungay, la mayoría niños que disfrutaban del circo Verolina en el estadio Fernández. Al escuchar gritos de socorro ¡aluvión! ¡aluvión!  los pequeños salieron de la carpa de lona, unos corrieron hacia el cerro Atma y vivieron para contar al mundo el infierno que vieron con terror desde la cima convulsa, los que corrieron con dirección a sus casas murieron atrapados por el alud. El estadio fue arrasado. Personas que estaban visitando la tumba de sus muertos y los pobladores que lograron subir corriendo hasta el cementerio empinado también se salvaron. Además del Cristo Redentor y las tumbas que respetó el aluvión, quedaron visibles cuatro palmeras de las 36 que orlaban la Plaza Mayor de Yungay. Parte del campanario de la iglesia y la estructura de lo que fue un ómnibus de la empresa de transportes Áncash emergieron conforme se fue secando el  lodo, junto a enormes moles de granito que rodaron en estampida desde la cordillera. Ese 31 de mayo de 1970 oscureció por primera vez a las cuatro de la tarde en Yungay, en Ranrahirca era la segunda vez en una década que anochecía temprano. Muchos niños yungainos huérfanos fueron adoptados por extranjeros caritativos. No hubo nada que reconstruir y todo el perímetro de lo que fue la ciudad más bella del Perú se convirtió en camposanto. 25 mil personas perecieron en Yungay y Ranrahirca, quizá menos o más, nadie sabe con exactitud. No es menos valioso recordar que ocho años antes, a  las 6.5 de la tarde del 10 de enero de 1962 un aluvión afectó el área urbana del pueblo de Ranrahirca. Aquel día de enero también fueron borrados del mapa los pueblos de Shacsha, Huarascucho, Yanama Chico, Armapampa y Uchucoto. El desprendimiento de una cornisa de hielo del nevado Huascarán causó la desgracia, matando a 4 mil habitantes.

Durante un Curso de Promotores de Defensa Civil nos alcanzaron estas dos informaciones:

1. "En 1962, los científicos estadounidenses, David Bernays y Charles Sawyer, habían informado de la existencia de un enorme bloque vertical de roca, cuya base estaba siendo socavada por un glaciar, lo que podría causar que cayera, arrasando Yungay.  Según Sawyer, cuando informaron de este hecho en el periódico Expreso (27 de septiembre de 1962), el gobierno peruano les ordenó que se retractaran, bajo amenaza de prisión; los científicos huyeron del país. A los ciudadanos se les prohibió hablar de la inminente catástrofe. Ocho años más tarde, la predicción se hizo realidad".

2. "El 6 de enero de 1730, un violento terremoto produjo alud desde el nevado Huandoy hacia una laguna glaciar, lo que produjo un aluvión que desapareció el pueblo de Áncash, localizado aguas arriba del río Áncash a 4 km al norte de la actual ciudad de Yungay. Aquel día la población festejaba la epifanía del Señor y el cumpleaños de su alcalde. Desaparecieron 1500 personas".

 

Varios pueblos de la costa y la sierra ancashina sufrieron los estragos de la hecatombe, ídem Lima Metropolitana, el Callao y los pueblos de Lima provinciana, La Libertad, Lambayeque, Piura, Tumbes, Cajamarca, Iquitos, Moyobamba, Pasco y Huánuco, inclusive algunas zonas de Ecuador y Brasil, pero ninguno de ellos en extrema crueldad como Yungay, Ranrahirca y Huaraz. Por cosas del destino, en el Jr. Áncash del Cercado de Lima, el 31 de mayo de 1970 se desplomaron muchas casonas antiguas de adobe y quincha. Miles de fotos en diarios y revistas nacionales e internacionales ponen de manifiesto la dimensión de la tragedia ancashina. Ese día también colapsó el ferrocarril Chimbote/Huallanca. No volvió a funcionar más. Cabe recordar, que por Ley del 8 de noviembre de 1864, se autorizó los estudios para la construcción del ferrocarril Chimbote/Huaraz, proyecto que con el tiempo se ampliaría hasta Recuay, para garantizar el traslado de mineral hasta Chimbote. Pasaron decenas de años y el ferrocarril sólo llegó hasta Huallanca, quizá los durmientes y rieles treparon por algunos túneles de la pared Este del Cañón del Pato (de Norte a Sur), no me consta, pero según fuentes diversas, el tren no pasó de Huallanca, como sí pasaron las voladas modelo "pastor mentiroso": ¡ya llega la locomotora a Caraz! ¡Ya se acerca a Yungay! ¡está por llegar a Carhuaz! ¡Faltan pocos metros para Huaraz! ¡ya está en Recuay", lo cierto es que primero llegaron "los goles de Cubillas".
 

Según información disponible, la catástrofe del 31 de mayo de 1970 cobró la vida de más de 75 mil personas, 150 mil heridos, 25 mil desaparecidos y un millón de damnificados a nivel nacional, marcando un duelo sin precedentes.

Han pasado diez años de lo que vi, oí y sentí en el Callejón de Huaylas, y todo está en mi mente como si fuera hoy, nada he podido borrar, como está metida en mi corazón la imagen sagrada del colegio Santa Inés de Yungay, donde me alojaron con cariño durante un viaje de excursión escolar. Gracias Dr. Francisco Fernández Ortiz, director del colegio Santa Inés de Yungay en aquella excursión memorable, otrora uno de los mejores directores del Colegio Coronel Bolognesi de Chiquián donde estudié.

 Perú y el mundo se ponen de pie


La ayuda humanitaria no tardó en llegar del mundo entero: médicos, enfermeras, estudios de impacto, donaciones, acciones de asistencia y rescate, socorristas civiles y uniformados, y voluntarios por doquier llegaron de todas partes del Perú y del planeta, convirtiendo a Yungay en "La Capital de la Solidaridad Internacional". ASER con su Comité Nacional de Emergencia, la Cruz Roja Peruana y la Junta de Asistencia Nacional (JAN), cargaron sus pilas sin demora para no apagarse en el primer intento. El apoyo siguió llegando en la Segunda Fase, la Comisión de Reconstrucción y Rehabilitación hizo su parte.


Por Decreto Ley No. 18360 del 10 de Junio de 1970, a diez días del desastre, se crea la Comisión de Reconstrucción y Rehabilitación de la Zona afectada por el Terremoto del 31 de 1970 (CRYRZA). Oportuna decisión.


El 18 de julio de 1970, un avión Antónov de la Unión Soviética que transportaba alimentos y medicamentos para los afectados por el terremoto del 31 de mayo desapareció con sus 16 tripulantes y seis médicos en el océano Atlántico, 47 minutos después de despegar de Keflavík (Islandia). Oremos por sus almas buenas.


Por Decreto Ley 19338 del 28 de marzo de 1972 fue creado el Sistema Nacional de Defensa Civil (SINADECI), como consecuencia del terremoto del 31 de mayo de 1970, bajo el lema "Más vale prevenir que lamentar".


Por Decreto Ley Nº 19967 del 27 de marzo de 1973 se crea el Organismo Regional para el Desarrollo de la Zona Afectada por el terremoto del 31 de mayo de 1970 (ORDEZA).



"Nunca es tarde para recordar:
que todos somos vulnerables,
y que la prevención salva".

Aralba.

Lima, 31 de mayo de 1980



Yungay - Foto 254299 - Perú Terremoto - 31 de mayo de 1970

miércoles, 22 de abril de 2020

LA FORTALEZA INDOMABLE DEL HUARACINO: Por OLIMPIO COTILLO CABALLERO


EL ALUVIÓN DEL 41

LA INDOMABLE FORTALEZA DEL HUARACINO


Si nuestro cerebro fuera un ecran, muchos podrían proyectar de su memoria y para sus circunstanciales amigos, acontecimientos vividos con trágicas escenas o quien sabe comedias del más refinado gusto.
Para los sobrevivientes del aluvión del 13 de diciembre de 1941 (hoy día), será un día en que muchos apenas lo recordarán y otros elevarán una plegaria por el ser querido desaparecido en aquella oportunidad, entre el lodo, piedras, palizadas y mucha desesperación.
Era las 7.15 de la mañana de hace 76 años en que por la quebrada de Cójup se inició un ruido atronador. En un principio, todos creyeron que iba a ser pasajero, pero no fue así, a medida que pasaban los segundos parecía que rugían las mismas entrañas de la tierra.
Los mayores se preguntaban llenos de asombro:
¿Qué está pasando? Para unos eran los japoneses los que bombardeaban Huaraz (En aquel tiempo se libraba la II Guerra Mundial), otros, que los toros bravos de la quebrada huían en estampida…y tantas otras inocentes suposiciones. No faltó un chacarero que dejó el azadón para ponerse en buen recaudo pensando que los “diablos invadían la ciudad”.
El que les cuenta esto, apenas tenía 4 años de vida y como tal aún no entendía lo que pasaba. Le habían encomendado cuidar al labriego que aporcaba los maizales en la huerta de “acá”, mientras que los hermanos mayores habían ido a la “Chacra de allá” a recoger los primeros frutos de las habas (Actualmente esas tierras lo ocupa el Colegio “Santa Rosa de Viterbo”).
Lo cierto es que a lo lejos se veía, cómo los inmensos árboles de eucalipto caían uno tras otro, mientras que un denso humo cubría la ciudad de Huaraz.
Mucha gente con raudos pasos se dirigía a Pucaventana donde pernoctaron noches y días por varias semanas ante las réplicas del aluvión.
Los más osados bajaban a la ciudad para comprobar lo que había pasado y al retornar con lágrimas en los ojos narraban que todo había desaparecido, que los cadáveres de mucha gente flotaban varados en las orillas del aluvión. Otros decían que medio Huaraz había desaparecido e incluso el Hotel de Turistas, en vísperas de su inauguración.
En fin, todo era desolación y muerte.
Mamá Conchi, días después daría a luz una hermosa hermanita, lamentablemente nació muerta por las fuertes impresiones sufridas en aquella trágica mañana.
Papá y Foncho, a pocas horas de la tragedia, volvieron a lo que quedaba de la ciudad e ingresaron a un horno donde les esperaba una ruma de panes olorosos. Cargaron en grandes canastas para ser repartidos entre las mujeres y niños que nos guarecíamos en chozas improvisadas en las faldas del cerro de Pucaventana.
El carácter indomable del huaracino hizo que no dejara su lar nativo y más bien usó más tarde las rocas aluviónicas partidas a fuerza de dinamita, para el cimiento de sus nuevas edificaciones.
Hasta hace poco el cono aluviónico era un lugar vedado para levantar viviendas, pero gente que no ha conocido la tragedia se ha posesionado allí y tercamente ha levantado sus viviendas. Ojalá que un fenómeno como del 41 no se repita nunca.
El Ing. César Portocarrero Rodríguez, Jefe de la Oficina de Glaciología y seguridad de Lagunas y experto glaciólogo, sostiene que la laguna de Palcacocha sufrió la ruptura del dique producido por avalanchas de grandes masas de hielo desplazando considerables volúmenes de agua sobre otra laguna denominada “Jircacocha” produciendo un alud de 8 a 9 millones de metros cúbicos de agua causando la destrucción parcial de Huaraz.
En efecto, en aquella oportunidad se calculaba que habían perdido la vida por lo menos 5,000 huaracinos y dejando daños materiales incalculables.
Pero la fortaleza indomable del huaracino, cuantas veces ha estado a prueba, tantas veces ha sobrevivido y está aquí, firme, pálido, pero sereno.
*Del libro “Tiro al Bull”, ediciones KAFE de OCC. Pag. 64 al 65




lunes, 6 de abril de 2020

LA VIDA: OPORTUNIDAD DE EVOLUCIÓN. Por JOSS P


LA VIDA:

OPORTUNIDAD DE EVOLUCIÓN

Acrílico sobre tela de LUIS ALBITRES MENDO

Por JOSS P


(Entresacado de NEWS DEL ALMA Agosto-Setiembre 2016 N°62


Evolución es la condición que identifica al ser humano como tal. Venimos de algún lado y vamos hacia otro, esto es innegable. Todas las especies en este planeta siguen un proceso evolutivo que, eventualmente, culminará con la perfección y la trascendencia de su misma condición esencial.

Precisamente, los espacios de crecimiento y evolución son instantes que nos permiten evaluar nuestro avance parcial hacia lo que se ha denominado iluminación, liberación o salvación.

En mi propia búsqueda personal he llegado a algunas certezas de vida que me permiten pensar que el objetivo de la misma, para la gran mayoría de seres humanos, es, precisamente, “preguntarse por su objetivo de vida”.

No consiste siquiera en hallarlo, solamente preguntárselo. Esto puede sonar minimalista, pero hay preguntas que, a pesar de su aparente simplicidad, llevan en sí mismas un potente caudal de conocimiento que nos desafía y nos impele a descubrir,  a hallar la verdad a toda costa.

Esta es una de las condiciones inherentes a la evolución y no podría ser de otra manera.
Nuevas tendencias y corrientes de pensamiento han impulsado el desarrollo de la individualidad, dando como resultado el alejamiento y la desaparición de los grandes mitos y enormes proezas colectivas que motivaron el desarrollo espiritual en otras épocas.

Ésta es la era del individuo, por eso la importancia del internet y sus expresiones de chat, messenger y demás. Este comportamiento acrecienta el egoísmo y la separatividad, pero también la autorrealización como ser humano divino en su esencia; trae consigo elementos de codicia, de apego y de identidad con lo superficial, lo pasajero y lo material, pero en sí misma, no es más que la antesala de un profundo cambio en las estructuras mentales tendientes al hallazgo y valoración de la individualidad dentro de la colectividad.

Un colectivo será profundamente valioso en la medida en que sus integrantes se fortalezcan, profundicen sus virtudes y se auto-realicen. Así es como se plantea la evolución para el colectivo más importante: La humanidad.

El universo como entidad viva y en pleno y constante desarrollo se está movilizando, y recordemos que es, precisamente, el movimiento el que causa la vida, por tanto, los cambios no deben ser motivo de preocupación sino que,, por el contrario, debemos asumirlos como la oportunidad inmejorable que tenemos de erradicar de nuestras vidas de una vez y para siempre, los temores, miedos  e inseguridades, también los comportamientos erróneos y las emociones aflictivas como la envidia, los celos, el rencor o la mentira, y decidirnos a apostarle al bien-estar común, ya que somos parte del colectivo llamado “Humanidad”. El bien colectivo es garantía del bien personal y no al contrario.

Cada ser humano está llamado a realizar lo que en justicia y en rigor le corresponde, y las circunstancias en las cuales se encuentra inmerso, sin duda alguna, son las mejores y más convenientes. En razón a esto, es que hacer el trabajo correspondiente dignifica a la persona.

Tanto los oficios más sencillos y humildes como aquellos más complejos y de gran status social están ahí para ser hechos. Más importante que el “qué” es el “cómo”, así como importa más “el caminar” que el “llegar”.

En el “cómo” y en el “caminar” se encuentra la verdad. Es por ello que de vez en cuando debes caminar en solitario, en silencio y con la mente fija en grandes ideales humanos, vislumbrando el horizonte más allá de las pequeñeces de la vida cotidiana.
Durante este proceso de evolución, erradiquemos con firmeza las emociones aflictivas como el odio, la tristeza, la depresión o el temor a los cambios.

De esta forma aprovecharemos la preciosa existencia humana, tanto para el avance individual como colectivo, dándonos cuenta a tiempo que lo que realmente importa es el proceso, es decir, el camino, no tanto el resultado.

Y ten siempre presente que en una eternidad, se puede recomenzar a cada instante. Empieza ahora mismo y pronto verás los resultados en ti y en el mundo que te rodea.

jueves, 2 de abril de 2020

POEMARIO ILUMINADO POR EL FUEGO HECHO PALABRA: Por Jorge Horna Chávez


POEMARIO ILUMINADO POR EL FUEGO HECHO PALABRA




            Por JORGE HORNA CHÁVEZ


En el prólogo del libro RAÍZ CÚBICA. La Antología (Casa Nuestra Editores. Trujillo, 2019) el experto escritor piurano Alberto Alarcón con un estilo de concisión analítica nos entrega las lumbres que ha encontrado en la obra poética de Manuel Alcalde, Ángel Gavidia, Fransiles Gallardo y Bethoven Medina; en ese orden aparecen los antologados. Además, con ojo de buen cubero ha hecho una óptima selección de los textos

 

DIÁSPORA POÉTICA  EN CAJAMARCA.


Es trascendente que en la década del ochenta haya surgido dentro de la diáspora poética en la provincia de Cajamarca, un grupo de estudiantes universitarios cuya meta fue mantener el impulso de su propio quehacer creativo. Atípico y celebrado caso: tres futuros ingenieros que residían en aquel lugar y un médico que vivía en Trujillo sembraran un vigoroso arbusto en una maceta cúbica; en ella abonaron la tierra para que los filamentos de forma y espesor disímiles de la raíz reverdecieran los brotes y sus versos memorables.

CANTO DE MÚLTIPLES ARISTAS


Bethoven Medina Sánchez lideró el grupo, de él consta íntegro ese canto de múltiples aristas “Necesario silencio para que las hojas conversen”, que el poeta rinde a la Vida que es el símbolo de la esencialidad e intenso cariño a su Madre. También están los extractos de sus numerosos poemarios.

Sus aportes actuales muestran a Bethoven muy activo: participa en diversos acontecimientos literarios, hace periodismo cultural y es difusor de sus propias obras en espacios de todo el territorio patrio.

LA SOLEDAD COMO LEIT MOTIV


En la obra de Ángel Gavidia Ruiz hay un tema recurrente, la soledad, pero no la evoca como dolor sensitivo, sino que la transforma en el puente necesario para llegar victorioso a sus recuerdos, a las moradas de sus vivencias que transita a cada paso, a la energía de las uvas de un racimo en constante efervescencia de las que bebe para saciar su sed poética.

CAUDALOSO TORRENTE IMAGINARIO


Para escribir, Fransiles Gallardo Plasencia tiene a la mano los aromas, los rítmicos cantos de las aves, el murmullo de la vegetación, las aguas: lluvia, ríos, escarcha; los desentraña y los recompone para ofrecernos desde la aurora al crepúsculo un fresco henchido de natura. Por la vertiente de sus pasiones atiza el fogón de su amor con la crepitación de los leños. Afirma el crítico Alarcón, que el trabajo de Fransiles es la suma del torrente imaginario de sus compañeros cúbicos.

BRÍOS INCONTENIBLES DE UN OBSTINADO AMANTE DE LA POESÍA


Me place tener referencias de Manuel Alcalde Palomino a través de sus poemas publicados en el libro. En el prólogo se lee “nos entrega una obra limpia y sencilla cono pocas (...) con una asombrosa inocencia”. Intuyo, entonces, que conformó la agrupación como un obstinado observador, labró su permanencia porque bullían en su ser los bríos incontenibles de hacer oír su voz desde los resquicios muy íntimos de su espíritu. La escritura de Manuel Alcalde fluye espontánea sostenida por la oralidad cotidiana. “Quizás me encuentres / jugando con los pájaros / como quien aprende a volar”
.

CAJAMARCA Y TODAS SUS PROVINCIAS: CRISOL CREATIVO


La provincia de Cajamarca y más allá de sus linderos es cuna de narradores y poetas lo que le confiere a todo el departamento un perfil de crisol creativo. Sin menoscabar la gran tradición literaria que se forjó allí en tiempos ya pasados, merece mencionar a Manuel Ibáñez Rosazza, decisivo consejero de Raíz Cúbica. Desde ese universo, el grupo RC viene a confirmar que el camino recorrido permanecerá iluminado por el fuego hecho palabra reflexiva y belleza inagotable.

LO ANECDÓTICO


1.“Como un caracol cargando tu recuerdo / trazo mi hilo de plata sobre el césped / o, más precisamente, sobre la soledad”

En un evento cultural el año 2010 coincidimos en Santiago de Chuco con Ángel Gavidia, a quien recién conocía. Al días siguiente se cruzaron nuestros pasos en la plaza principal del pueblo; Ángel me invitó a conversar alrededor de un café, cuando entramos al restaurante noté que los saludos abundaban para él de parte de los comensales. Hablamos muy poco. Al salir, Ángel le compró a un campesino vendedor de hierbas que estaba en la vereda un manojo de panisara, me indicó que era uno de los más efectivos digestivos naturales. Por allí nos dio alcance el pintor y escritor Luis Albitres junto a la poeta chilena Olga Toro, y decidimos ir al cementerio de la ciudad, visitamos la tumba de los padres de César Vallejo; Ángel abrió su mochila, sacó los tesoros que siempre carga y se dio a la lectura de aquellos versos ya universalizados (“Los pasos lejanos”, “Mayo”, “Áscuas”...).

2.“Y regreso con la visión de hacer de mi vida una estación de luz”

Hace ya varios años recibí la llamada telefónica de Bethoven Medina desde Trujillo, me comunicaba que venía por unos días a Lima por asuntos laborales. Cuando fui a la amical cita estaba él y Fransiles Gallardo en el acogedor barcito del hotel donde se hospedaba; intercambiamos opiniones sobre el rol de la poesía y sus cultores. A las 9 de la noche, Bethoven levantó la tertulia con un ademán que trasmitía su nobleza personal.

3.“Delante del arco iris / está Magdalena / mi pueblo / como madero antiguo / tendido en el camino”

Por la primera década del 2000, en varios eventos culturales veía la presencia asidua de Fransiles Gallardo; me enteré que procedía de Cajamarca, esa fue la motivación para el inicio de nuestra amistad. Eran los tiempos que nuestro común amigo Jorge Roncal desplegaba una profusa actividad editorial y cultural, y Margot Palomino llevaba adelante los “Jueves Arguedianos” en el local de la homónima Escuela Nacional de Folklor.

Fransiles, hasta ahora no entiendo por qué, me pidió que presentara, primero, su poemario Ventisca tu (des) amor (2004), y después su libro de relatos Entre dos fuegos. Historias de ingenieros (2007). Sobreponiéndome a mi inexperiencia en esos asuntos acepté la gentil invitación. Los dos actos se realizaron en los amplios y cómodos salones del Colegio de Ingenieros de Lima.

JH
L. abril del 2020




miércoles, 1 de abril de 2020

BORGES, AMAUTA DE AMÉRICA ANDINA: Traído a colación por ELENA RÍOS DE EDWARDS en Internet y diseñado por LUIS ALBITRES MENDO en forma especial para este blog.


BORGES, EL SABIO,


Aquí en el PERÚ lo proclamaríamos un AMAUTA de AMÉRICA ANDINA. Se nota el genial estilo del BORGES ETERNO




CON SUS SABORES Y SINSABORES, LA VIDA ES BELLA



ELENA RÍOS DE EDWARDS tuvo el acierto de enviar por internet un bello texto de Jorge Luis Borges que rezuma sabiduría de la vida.

Ella afirmó: “En esta época en que todo el mundo está más sensible y algunos se molestan o se entristecen o se llenan de ira por nimiedades, creo que hay que leer a Borges; en estas líneas resume lo que ya de viejos empezamos a comprender":






JORGE LUIS BORGES escribió  “VALGO”:

“De tanto perder, aprendí a ganar; de tanto llorar, se me dibujó la sonrisa que tengo. Conozco tanto el piso que solo miro el cielo.

Toqué tantas veces fondo que, cada vez que bajo, ya sé que mañana subiré. Me asombró tanto cómo es el ser humano, que aprendí a ser yo mismo.

Tuve que sentir la soledad para aprender a estar conmigo mismo y saber que soy buena compañía. Intenté ayudar tantas veces a los demás, que aprendí a esperar que me pidieran ayuda.

Traté siempre que todo fuese perfecto y comprendí que realmente todo es tan imperfecto, como debe ser (incluyéndome).

Hago solo lo que debo, de la mejor forma que puedo, y los demás que hagan lo que quieran.

Vi tantos perros correr sin sentido, que aprendí a ser tortuga y apreciar el recorrido.

Aprendí que en esta vida nada es seguro, solo la muerte…por eso disfruto el momento y lo que tengo.

Aprendí que nadie me pertenece, y aprendí que estarán conmigo el tiempo que quieran y deban estar, y quien realmente está interesado en mí me lo hará saber a cada momento y contra lo que sea; que la verdadera amistad sí existe, pero no es fácil encontrarla.

Que quien te ama te lo demostrará siempre sin necesidad de que se lo pidas. Que ser fiel no es una obligación, sino un verdadero placer cuando el amor es el dueño de ti. Eso es vivir…

La vida es bella con su ir y venir, con sus sabores y sinsabores…

Aprendí a vivir y disfrutar cada detalle, aprendí de los errores pero no vivo pensando en ellos, pues siempre suelen ser un recuerdo amargo que te impide seguir adelante, pues hay errores irremediables.

Las heridas fuertes nunca se borran de tu corazón pero siempre hay alguien realmente dispuesto a sanarlas, con la ayuda de Dios.

Camina de la mano de Dios, todo mejora siempre. Y no te esfuerces demasiado, que las mejores cosas de la vida suceden cuando menos te las esperas.

No las busques, ellas te buscan. Lo mejor está por venir”.

                                                Jorge Luis Borges