martes, 25 de agosto de 2020

PATUCO: CON LOS COLORES DEL CAHUIDE. Por Armando Alvarado Balarezo (Nalo)



PATUCO:
 
  CON LOS COLORES DEL CAHUIDE

Por Armando Alvarado Balarezo (Nalo) 
PATROCINIO ALLAUCA CALDERÓN, más conocido como PATUCO DE JIRCÁN, es un ancashino campechano entregado a las causas populares, empresario de larga data con resistentes raíces telúricas, CAHUIDISTA CIENTO POR CIENTO, benefactor y funcionario en las fiestas costumbristas y cívicas (Chiquián y Lima), socio fundador de programas radiales e impulsor de instituciones representativas de nuestro pueblo en el Cono Norte limeño. En fin, un ser humano singular, por quien tengo el mayor cariño, y admiro por su calidez solidaria desde niño. 
 
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Residimos con Patuco y mis hermanos casi tres quinquenios en el barrio chiquiano de Jircán, cuando con muchos chiuchis de la cuadra 1 de Leoncio Prado, iniciamos nuestras experiencias de vida; cuando enhebramos los primeros sueños adolescentes; cuando descubrimos los sagrados valores de la familia y la amistad; cuando en la diáfana mirada de los vecinos, que hoy nos iluminan con su ejemplo desde el cielo, brillaban miles de luceros de esperanza por un Chiquián con caminos abiertos al porvenir de todos; aquellos vecinos que vivían y ayudaban a vivir a los demás en franca confraternidad diaria.

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Patuco nos enseñó a los niños de Jircán: que echar simiente al surco y dejarlo a su suerte no garantiza buena cosecha. Se necesita cultivar la planta de sol a sol, así como para cosechar buenas amistades primero se tiene que dar amistad sincera, porque amistad que no se brinda con amor verdadero, se va como el agua por las rajaduras de un cuntu viejo. 
 
 
 
 
"Nunca saquen conclusiones apresuradas, tampoco inflen un shulaco para que parezca iguana, pues lo único que conseguirán será reventar al shulaco en la primera inflada con shoguet. Todo en su justa medida, el que nació para panzón, aunque lo fajen con fleje de acero inoxidable", nos recalcaba en los tiernos años, cuando la única impresora personal en Chiquián era el papel calco y, el borrador de tinta líquida más que borrar traspasaba la hoja del cuaderno.
 
 
 
 
Recuerdo como si fuera ayer sus frases: "Nunca frenen sus sueños. Tienen que dejar huella profunda. No lloren como plañideras de velorio que ni siquiera conocieron al difunto. Manténganse alerta, siempre en movimiento, un paso atrás, sólo como el puma para saltar con mayor impulso la honda zanja". "Una cosa es tener sueño y otra tener un sueño por realizar, pues el "un" marca la diferencia entre la ociosidad y el éxito". 
 
 
 
 
Muchas veces afloraba su picardía, sobre todo a la hora de los juegos nocturnos. Decía: "Dejen de jugar al médico y a la enfermera, mejor jueguen al papá y a la mamá, y sigan practicando con la prima, la amiga o la vecina, pero sin olvidar ponerse el protector pucash, salvo que quieran convertirse en la oveja negra del vecindario". Dicen, no me consta todavía, que hasta el propio diablo fue derrotado por Patuco en un duelo por el corazón de la musa más esquiva de Umpay. Es decir, una envidiable máquina humana en la ciencia del amor, una de las más difíciles materias entre las ciencias naturales.
 
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Gracias a Patuco aprendí que la vida es como una película, que puede ser en blanco y negro o a colores; película larga o en cortometraje, todo depende cómo la filmemos con la videograbadora del alma. También aprendí que para ser feliz, solamente tenemos que compartir el pan nuestro de cada dícon lo demás. "Dejen de compararse con los que más tienen, es mejor compararse con los que nada tienen si quieren valorar la vida que nos ha dado Dios", nos repetía una y otra vez en las veredas del barrio a los niños oyentes, barrio amado donde sólo crecen buenas hierbas los 365 días del año.
 

 
En el telar donde se entretejen los recuerdos de los chiuchis de Jircán y de los buenos amigos chiquianos, emerge permanentemente la imagen señera de Patuco, como las narraciones de estas dos direcciones electrónicas, por ejemplo. Hacer clic en: 
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SAFARI DE ALTURA EN CHIQUIÁN

NECESITO UN CABALLO 

"La vida toma examen escrito antes de darnos lecciones orales", nos dijo Patuco la vez que ingresó a la universidad para estudiar Administración de Empresas. Hoy, cuatro décadas después, su pensamiento sigue intacto, pues la vida primero pide pruebas claras, luego vienen las clases al aire libre  o en recinto cerrado. 
 

 
 
"El secreto para lograr el éxito está escrito en todas partes, todos lo leen de día y de noche, pero pocos se animan a estudiar con ahínco y trabajar honradamente y sin tregua", así se refirió cuando vio la luz su primera empresa, y qué LUZ amigos míos, nos iluminó ayer y nos sigue iluminando a muchos paisanos con la misma intensidad en las calles oscuras de la vida, porque ahora ha hecho de su existencia un sacerdocio de fe y amor a Dios por sobre todas las cosas.
 


 
En un mundo donde abundan como galgas los filósofos de cuarta, chamanes, políticos y jueces de quinta, cuánta faltan hacen los emprendedores como Patuco Allauca Calderón.


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Que Dios te colme de bendiciones en este día de tu santo, Patuquito, y los venideros también, para felicidad de la gran familia ancashina.

Un fuerte abrazo, primo,

Nalo
 
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RECUERDOS
 

 
 
Al pie dos cartas que no llegaron a su destino porque quedaron enganchadas en los cables telegráfricos chiquianos. Una en las jalcas de Toca camino a Tinya; y la otra trepando Cachichurana rumbo a Capellanía.
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Lima 25 de agosto 1996
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HOLA SHAY:
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Hace unos meses estuve recordando con nuestro paisano Víctor Damián Núñez, en su casa de Fort Lauderdale (Florida, USA), acerca de una de las obras cumbres de la literatura universal: LA ODISEA, de Ulises, mientras Penélope, Telémaco y el fiel "Argos", esperaban su regreso. Comentábamos, cómo luego de muchas vicisitudes y placeres mundanos Ulises cayó de rodillas y lloró de amor al contemplar su querida Ítaca. Con seguridad, esos mismos sentimientos son los que nos acarician el alma, cuando acortando distancias tras largas ausencias arribamos a nuestra Patria chica. 
 

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Gracias a estos recuerdos homéricos hoy he vuelto a reafirmar que el amor puro es esa Ítaca de Ulises, y Chiquián el más bello punto de encuentro en el corto camino de la existencia. El amor puro también es como el río Aynin o las cascadas de Usgor y Putu, cuyas aguas cristalinas volverán convertidas en aguacero después de abrevar campos sedientos camino al mar; como todo lo que es grato en un sueño se diluye al despertar, sin embargo queda su dulzor durante el nuevo día.
 

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Muchas veces en mis desvaríos juveniles me sentí eterno, porque creí haber aprendido el arte del olvido, pero bastaba contemplar una fotografía chiquiana en blanco y negro, escuchar una melodía de banda o de arpa, una canción del recuerdo o leer mis primeros relatos, para pensar en mis amigos de la infancia y, de inmediato se me desgarraban las cuerdas del corazón; entonces comprendía, cada vez más y más, el dicho popular que me enseñaron los pastores de Tupucancha: "El Sol no muere en la noche, sólo se aleja unas horas mientras se refleja en su amada Luna"
 
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Muchas madrugadas en la década del ochenta e inicios del noventa, despertaba y, a través de la ventana de la habitación exploraba lapicero en mano el confín, y sacaba de lo más hondo del alma: hilachas y cuentos de mundos mágicos, pero también grutas sin luz. Fueron tantas noches de insomnio en el Sur andino, Cajamarca, Huaraz..., que ahora me cuesta recordarlo todo sin perder el aliento. Hoy esas fuentes de donde extraía líneas de líneas ya no están en la oscuridad, sino en el alba donde mi hambre y mi sed encuentran el trigo y el chumpac, como en los núbiles años sesenta. No más tempestades ni covachas de olvido, tampoco manos encallecidas tratando de abrir candados invisibles. 
 

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Tal vez en estos momentos pienses que esta carta es una de mis locuras de chiuchi travieso, pero siéntate a meditar y oirás tu propia historia a través de los latidos de tu corazón, y dime: ¿QUÉ SIENTES SHAY TOCHO?. 
 
 
 
 
En tanto, el alma canta en armonía con el corazón y todo es melodía a pocos días de la fiesta de Santa Rosa, porque el llanto por el pasado indiferente no existe más, sólo lágrimas de dicha brotan de mi pecho vibrando como cascadas y trinos de acróbatas huínchus y saltarines pichuichancas, que hacen de este aprendiz de vate un hombre con alas pequeñas que no baten desaliento, sino aire puro con nuevas auroras y serenatas, contenidas en una represa de acuarelas a punto de desbordar, como el veneciano Jupash de los tiempos húmedos.
 
 


Es medianoche, lejos de Chiquián querido, y en mi imaginación la banda de Huanri toca "30 de agosto....". Los latidos se impacientan y las pupilas destilan añoranza, porque con esa música maduró mi espíritu telúrico. Las horas pasan con áspero sabor a lejanía, raspando como cascajo el pensamiento peregrino, cual pardo piso del ruedo de Jircán que roía las rótulas de los chiuchis de antaño, cuando mirábamos la corrida de toros, arrodillados debajo de los camiones y las palincas con dueño insensible a los gritos de auxilio de los pequeños fiesteros.
 
 


Muchos recuerdos desgajan el pecho y vuelan como tinyacos por Yucyushtana, Shulu y Mishay; por eso estoy tratando de hilvanar estas líneas para después tallarlas en un aliso mental, como parte de tu vida y la mía, sólo así nuestros sentimientos no se perderán en la neblina de los años, menos en el falso aroma de un porvenir incierto que se evapora al día siguiente. Pero si quieres perderte en tu delirio con una gota de chinguirito en cada poro, no te duermas en la sombra de un raído zaguán, sino bajo la luna chiquiana que ilumina la vereda, el umbral y el portón, flotando en el aliento de tus suspiros, que son los heraldos de buenos augurios como el arcoíris que pinta de alborada "Espejito del cielo" de nuestro querido Hualín de Fragua.
 
 


QUERIDO SHAY:

Hoy que estamos lejos de las pallas, de la Estandarte y las mayoralas, quiero contarte que anoche le pedí al viento vespertino que me lleve a la fiesta de Santa Rosa. Pasaron los segundos con su tic tac inagotable y finalmente me quedé dormido. En mi sueño vi en el cine mudo de finales de los cincuenta, retazos de recuerdos que mi mente trataba de juntarlos, pero volaban llevándose las últimas hilachas de aquella inocencia perdida. Recuerdos que trataban de despertar como retoños de lajtash en mañanitas con rayitos de sol y gotas de shulay,  implorando que no zozobren en el olvido. 
 

 
 
También vi en mi sueño, cómo las entumecidas alas del pensamiento se aligeraban para bogar aires chiquianos juntos, y volver a ser los chiuchis de antaño con el mismo sino; sólo que en cada aleteo te elevabas más arriba de mis posibilidades, y ya la razón del vuelo no era alcanzarte ni siquiera con la mirada, sino la ventura de encontrarte en el próximo sueño, y mi zozobra no era ya por tu alejamiento sino por tus pocos ánimos de retornar y reír en Chivis con los yucyush del ayer.
 
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Era algo que dolía hondo, shay del alma, muy hondo y grité viendo el Cosmos, implorando a Papalindo por los dos: !cómo desecharte si no estás a mi lado!, !cómo alejarme más si eres inubicable!. Fue como hallar dos iris brillando en un par de órbitas secas, y bajo un pecho de lloque un corazón latiendo en otros cielos. Luego vino un golpe de canga cargado de angustia, los minutos acechaban como filudas antacashas sobre un inerme trompito de maguey, y pronto la penumbra cubriéndolo todo; entonces volví a gritar, pero esta vez aterido: ¡por qué no aprendí a ser indiferente!!!!!, y el grito trocó en olvido, el viento dejó de silbar huaynos y el río de la vida calló su canto de aleluya, para siempre. 
 

 
 
Gracias a Dios esta noche volveré a soñar contigo, y ojalá te escuche decir cosas que de chiuchi no dijiste, y que se hagan realidad los juegos infantiles que no realizamos por falta de tiempo...

Quedan tantas cosas por hacer, que soñar no basta ¡Shay del alma!

Tu amigo que te quierer Nalo Alvarado Balarezo 
 
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Lima, 25 de agosto de 2002
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HOLA SHAY:

CHIQUIÁN CON MAYÚSCULAS, nuestra amada Patria chica, colmada de alegría y colorido como no hay dos en el Perú profundo; incontrastable villa con aroma a tierra fresca donde germinan flores y hierbabuena por doquier. Así es nuestro icono bendito, rinconcito encantado lleno de melodías, canciones, versos y pensamientos hospitalarios que caen de las nubes blancas, mostrando su saludo fraterno al arriero, al turista y al caminante. 
 
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Cuando pienso en ti, tu imagen se posa radiante en mis retinas, como las películas de cuadratura de don Enrique de Llaclla, recrearon mis ojos en los agostos y septiembres de avellanas, mercachifles y huaylishadas. Hoy, cada vez que con las pupilas del alma hago "clic", te muestras huraña y luego te ocultas en las alas de una tórtola de fantasía, que va derramando acuarelas de infinita textura sobre los campos amados. 
 
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 CHIQUIÁN, muchas veces iluminas mi mente como ninacuru pasajero, tan volátil como la luz de alba imposible de atrapar con las manos, es cuando el sudario de la aflicción cubre mi ser. Lento caminar, un descifrar de evocaciones en un gris atardecer de pronóstico reservado. A la medianoche mi corazón contumaz se agita como cachorro de puma en el cenobio genitor. Entonces retorno como el hijo pródigo al nido familiar de Jircán, con su construcción de adobes, terrados de eucalipto y entablados de aliso; altillos abrigados, techos ocres con canaletas para que corra cantando de dicha el aguacerito madrugador. Hospitalaria casita de paredes tarapaqueñas y azul vidrioso como el cielo chiquiano, corredores repletos de arados, racuanas, cayshis, cuntus y monturas. Cerca del fogón un batán y dos morteros de piedra que guardan el aroma del nahuín de la última cena familiar. Dulce hogar, jardín florido, con su baranda para tomar el sol donde duermen mazorcas de maíz, oquitas, mashuas y el trigo amigo en dorados peroles.  
 
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Al fondo del pasadizo, y pendiendo de un clavo de tres pulgadas descansa un espejo opaco, donde en las noches de luna llena se peinan las almas de mi abuelita y sus adoradas hijas Jeshu y Eni. En la sala de losetas se reflejan retratos y almanaques de décadas pasadas. Sobre un mueble de madera y mármol reposa una Biblia y un libro de literatura entreabierto donde se lee el poema del Mío Cid. A su costado, un poncho de vicuña espera el retorno de Felipón.
 
 


En este ecran en miniatura, de pronto aparece la imagen materna con su vestido blanco. Está de pie en el primer descanso de la escalera que sube a las habitaciones del segundo piso. Jeshu sonríe y me muestra feliz sus rosas, claveles y azucenas, que después de su viaje eterno hace florecer con agua bendita papá Armando, para alegrar la casita donde mamá fue hija, esposa, madrecita santa, abuelita y bisabuelita amada.
 
 


Bajo los párpados y saboreo mis lágrimas, entonces empiezo a oír una canción de amor que despierta la noche con estrofas de los años felices. También vibran huaynitos con pícaras rimas, creación de los viejos aedas chiquianos. De madrugada llegan notas de esperanza en pautas donde se balancean diez ninacurus, abriendo el broche de la ilusión, que iluminó al bardo del "Culto" Alfonso Aranda Ibarra: “Me gusta la libertad porque en Chiquián nací yo”, siguiendo el credo de viejos trovadores andinos de las hermanas provincias ancahinas.
 
 


¡Es la hora de la añoranza!, hora cuando el palpitar se fragua con la quietud del alma, bajo la dulce mirada del Niño de Praga, brindándole sosiego al corazón. Y así, minuto a minuto va arribando callada la madrugada, y en algun lugar de Chiquián el manero asoma, erizando la piel vestida con la sola belleza de sus perímetros, lista para recibir la savia del gañan del amor. !Ahhh frenesí¡, insaciable bulimia que lo agota todo y no se harta con nada, ni nadie...
 
 


Pronto llegará la aurora y la añoranza traerá el recuerdo del primer beso, cuya brasa dura toda la vida, como nunca se engarza el ala de un condór miope, que en pleno vuelo fue roto por una puntiaguda cornisa del Yerupajá; ni desaparecen del refugio las huellas de afecto de un puma de Pancal, ya que el amor de todos los padecimientos, como dicen los filósofos conchucanos, es el que más taladra la médula del espíritu. Beso con el que se entrega el latido sin preguntar ni indagar nada a la hija menor de Baltasar, con la ingenuidad del mancebo picaflor que duerme bajo la espinosa tuna, después de aspirar el ilixir de la flor de waganku; de ahí que el sentimiento vive libre, siempre iracible a la sujeción. Encerrado flaquea de tristeza como los cóndores, las huachuas y los pumas.
 
 


Está amaneciendo, y un concierto de armonías trinan en el alero que da a la calle Leoncio Prado de Jircán, como si el pulso de la madrugada que languidece, se alegrara por el canto del pichuichanca anunciando la llegada de los paisanos peregrinos. Unos minutos más y repicarán las campanas de la iglesia matriz de Chiquián como plegarias de esperanza y de fe.
 
 


El reloj marca las siete de la mañana. Es hora de escribir y hacer de cada párrafo un gorgorito de arpa, donde la pena por la familia, el amor y el amigo querido, trepide con los enormes remos de la ilusión, aquella hamaca de las ánimas nazarenas que arrulla los afectos con sus melodías divinas.

Tu amigo Nalo Alvarado Balarezo 
 
 
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domingo, 23 de agosto de 2020

MIGUEL ANGEL DÍAZ: EN LA CRESTA DE LA PASIÓN ARTÍSTICA . Por Luis Albitres Mendo

A UNOS MESES DE SU PARTIDA, COMO UN HOMENAJE PÓSTUMO

MIGUEL ANGEL DÍAZ


EN LA CRESTA DE LA PASIÓN ARTÍSTICA


Por LUIS ALBITRES MENDO


MIGUEL ÁNGEL DÍAZ DÁVILA (Celendín, CAJAMARCA, 1942), pintor, escultor, muralista, profesor de arte, destacada personalidad de la plástica nacional, es un artista de larga trayectoria. A través de su múltiple producción hace patente su proverbial y obstinado afán de crear.

Pintor autodidacta, infatigable trotamundos del Perú milenario. A los quince años, en compañía de un poeta de diecisiete, recorrió norte y sur del país, principalmente Arequipa, Puno y Cusco; bebiendo desde temprana edad en las ancestrales fuentes de la inspiración nacional y creadora. MADD (nombre artístico con las iniciales de su nombre propio) está integrado a la pintura trujillana desde 1973.

Nació en Celendín (Cajamarca) y tras una vertiginosa, inquietante e intensa carrera artística (exposiciones por el interior del país de 1962 a 1972) ha venido a enriquecer con sus originales concepciones artísticas, el panorama de la plástica norteña del Perú.

 Su obra pictórica, además de ser una exquisita prolongación del arte peruano antiguo (parece que su inspiración tiene una procedencia de las culturas Nazca, Paracas y Mochica-Chimú), desentraña los resortes precolombinos que motivaron una primavera artística, un florecimiento de admirable creatividad en aquellos inmemoriales tiempos.

Miguel Ángel alarga esa persistencia, esa atávica indagación…en exhibiciones que objetivizan sutilezas de un arte llamado a generar una gama cromática entremezclada de simetrías y esplendor.

Al contemplar sus cuadros llegamos a la conclusión: Se trata de un artista en cuyo pulso, la materia inerte y fría (trozos de aluminio) se transforma en objeto de belleza, enjundia, ternura y vitalidad (Alúmino-Art). Pródigo en sinuosidades y rectas sugerentes, insinuando mil fantasías, emociones y sentimientos.

Talentoso explorador de las líneas, las formas, las vibraciones y el color. Tiene una ligazón lírica que alcanza los albores de un vuelo cósmico e insólito.

El aspecto arquitectual de los cuadros le concede una vigorosa y tensa emotividad. Es el suyo un arte realizado con firmeza, con recio estilo, sólidos recursos y maestría en la técnica.

Sutil temperamento poético, fuerza y ritmo internos: Inmanencia telúrica. Visión cósmica con figuras significativas cargadas de fibra y de símbolos.

Además de pintor notable, es un conspícuo acordeonista. Prácticamente “hace hablar al acordeón” utilizando un manido y popular clisé; yo diría “hace cantar a las teclas” con el maravilloso y rapidísimo movimiento que le imprime a sus dedos.

Y con la misma jerarquía dominaba la interpretación del saxo. Con ALBERTO CORTEZ hacía un dúo notable. Ambos imponían su dominio musical.  Incontables noches de música y bohemia atestiguan la veracidad de este aserto.

La mejor  definición de la vocación artística de Miguel Angel: Constante y apasionada búsqueda de una expresión plástica que sature la insaciable e insatisfecha pasión de crear.  

(Este artículo fue escrito cuando Miguel Ángel Díaz Dávila estaba escalando la cúspide de su creatividad. En próxima entrega lanzaremos las interesantes respuestas del artista a una singular entrevista, publicada en el Suplemento del Diario La Industria de Trujillo del domingo 10 de Setiembre de 1978, pág. 7. Acabamos de editar solamente la introducción a dicha entrevista.)

EL RETORNO DEL POETA: Por JUAN CARLOS PRIOTTI


                                               Cuento galardonado en el Concurso Anual de Narrativa (Julio 2020) organizado por el Instituto Peruano de Cultura en Miami - Florida - USA

EL RETORNO DEL POETA


Escribe: JUAN CARLOS PRIOTTI


                                                                       Marchaba hacia días sin nombre,
                                                                       pero el terruño
                                                                       lo llamaba con fuerza irresistible.




     Esteban Valoy, quería escribir en un intento de liberarse de la congoja que le producía el retorno, de la ansiedad hacia la que lo llevaba ese monótono traqueteo del tren, ese borroso sucederse de árboles, casas y gente que estaba más allá de la abierta ventanilla. Quería ser, necesitaba ser, absolutamente sincero consigo mismo. Desentrañar hasta que punto esa nostalgia suya era auténtica, tenía un fondo de verdad que podría, mañana, justificar con un poema.

     ¿Cómo, en qué momento comenzó a escribir? No lo supo hasta desandar el camino del retorno a sus raíces. Cuando llegó a la casa que nació y amó, sintió una soledad que tenía olor a humedad y vejez, y que temblaba en cada cuarto vacío. En la penumbra había un silencio mucho más hondo, que no le pertenecía, y al que se entregaba sin fuerzas, ni palabras… Algo así como sentirse morir de a poco, con la certeza de que nada de lo anterior, de lo conocido y vivido, era realidad ya. Durante segundos que parecían horas, su vida no tenía más horizonte que una soledad sobrellevada con indiferencia, sin dramatismo. Había cicatrizado en él la vieja herida que se llamó ausencia, había logrado reducir su existencia a la rutina de recorrer el patio solariego, contemplando la tarde bajo el pabellón del centenario laurel.

     Así fue como floreció el poema. Esteban Valoy ahora estaba allí,  frente a los recuerdos. Hacía apenas una hora que había retornado. Todavía tenía los ojos húmedos. La tristeza lo rodeaba con sus grandes brazos. Pensaba  que su corazón era como un gran hueco  oxidado, como un gran pozo de soledad. No, él no podía creerlo. Por el lado del cerro hasta donde terminaba el valle, la tierra sin árboles trepaba por sus ojos a cascada, ni una sombra brindaba frescura al paisaje. El escondido son del tiempo que ahonda perfiles en el alma, pasaba y lo rozaba con la mirada alzada en abandono. De su alma habíase adueñado la soledad, de tal modo que no tenía palabras para expresar la tristeza de sus propios pensamientos. Hasta que entró en un remanso de profunda meditación, algo extraño y rebelde le recorrió todo el cuerpo, y los versos surgiéronle solos. Comenzó a escribir:

                                   Con esta voz que me desvela fundo la memoria
                                   al contemplar en este tiempo de lo efímero,
                                   la muerte de los árboles y el vuelo de las aves
                                   que migran en los peldaños del viento.
                                   Esta imagen apenas alcanza para un silencio.
                                   Puede ya la tarde reflejar en mi corazón
                                   el verde de las muertes en verde primavera,
                                   contenida en la orilla más amarga de mi llanto.

     Recordó la casa en que vivió la niñez y la adolescencia, esa antigua casa de madera y chapas de cinc, con galería en frente y un jardín de geranios y jazmines. Y el patio solariego bajo el laurel centenario. En aquel entonces, él tenía 15 años y un prolongado sueño, que solamente sabía de la historia que comenzaba con este viaje en el tiempo hacia las raíces. Después contempló el cielo de velados sentires en las nubes, y durante minutos interminables era todo él una sola llaga ardiente. Luego vino la reflexión del poema. Prosiguió escribiendo:

                                   Este es mi agraz tiempo, digo, y no me asombra
                                   soñar despierto con mi tierna nostalgia de niño,
                                   que me convierte en el poeta que siempre debí ser
                                   la radiante luz de la luna en la noche interminable.

     El recuerdo de la infancia estaba allí, y aún le hablaba como en días distantes:

- Nunca te dejaré solo. Hasta desde la muerte habré de acompañarte, porque te pareces demasiado a un niño. Y yo necesito ser la sangre del lado izquierdo de tu corazón, donde está la vida que vendrá a beber.

     Sonreía tristemente. No, nunca podría olvidar aquellos recuerdos que habrían de acompañarlo para siempre. Pensó que, tal vez cuando sea viejo y la proximidad de la muerte borre definitivamente todos los recuerdos tristes y las soledades, irá en busca de aquel niño que tanto añoró. Ahora podía escribir:

                                   Y me pregunta el sol en el estambre de la tarde,
                                   ¿cuánta semilla crece en la tierra de mi sangre?
                                   La vida sin dolor no existe pero me muestra
                                   lo que es verdad y lo que es leyenda.
                                   Mas la razón me enseña que todo importa
                                   en este siempre nacer con la sed y la nostalgia.

     Recordaba todo, también aquel otoño en el que estrenó un trajecito de marinero, y andaba por calles abandonadas. Recordaba versos escritos en la sonoridad del canto inolvidable del zorzal chalchalero. Poco después supo que no podía vivir sin respirar el mismo aire. El cielo bajó hasta él, y una estrella le iluminó los pensamientos. Eso fue el principio. Y eso fue todo. Luego se inclino sobre el papel en blanco para escribir:

                                   Aunque el sueño queme y me parta en dos la vida,
                                   el conjuro se extiende tan pronto mi corazón
                                    toca el fin de un suspiro demasiado hondo,
                                   sólo por estar libre y vivo sin contar las horas
                                   hasta verterme aquí, con este asedio de la palabra.

     Una gran ternura le iba invadiendo el alma a medida que escribía, rodeado de una aureola de luz que sahumaba una madreselva. Era indudablemente su mensaje cósmico hecho poema, y lo veía crecer en la sublimación. Entonces surgió la otra estrofa:

                                   Soy esta brizna este soplo del sol que me alumbra
                                   para mirar la caída del tiempo en el vacío,
                                   por donde sube a deshora la savia de un pasado
                                   del que apenas heredo su ornada transparencia.

     Si, cuánta luz en el paisaje manso, cuánta luz dueña dolida del verde ausente, ahora la penumbra estaba con él. Porque de esa luz nacía su mirada, en que se deleitaba a solas con el recuerdo, signado por el paso del tiempo. El valle de agudos ecos y pastos grises, se estaba mereciendo la estrofa. Continuó el poema:

                                    He nombrado mi tierra y le escribo desde el amor
                                   tejido con los hilos de una larga ausencia.
                                   Pero a tal suerte de hurgar con la mirada distante
                                   en la urdimbre de su vasto cielo, yo estoy tan cerca,
                                   ¡tan cerca que me pierdo en la luz de su tiniebla!

      Después el sol como una gran boca de sangre que se comía el horizonte de cerros,  sentimentalmente le recordaba momentos vividos en comunión de sueños. La luna, por ejemplo, esa eterna cómplice de Afrodita donde la poesía no tenía palabras, o aquel amanecer que lo sorprendía después de recorrer la noche contando estrellas. Ahora él estaba allí, ausente y presente de tan extraña manera, desovillando recuerdos y olvidos. Encendió un cigarrillo y entornó los ojos para reconstruir la imagen del tren que lo trajo hacia largos días de felicidad. Se dijo en voz alta:

- La felicidad no tiene historia y si lo tiene, se escribe en otra forma, con otro lenguaje…
     Luego irrumpió el silencio, un silencio cómplice que le permitía escuchar las voz de su pensamiento recordando todo, una casa, un árbol, un cielo, una lágrima. Y sin caer en los extremos de un monólogo infinito, decidió escribir la última estrofa:

                                   Por maldad o por olvido algunos sueños perecieron
                                   para volver a nacer con este retorno a mis raíces,
                                    siendo sublime epifanía sobre atalaya de pájaros
                                   en un desierto que media entre el humo y la ceniza,
                                   donde un laurel sueña con su sombra perdida
                                   junto a mis lágrimas que vierto en dulce intimidad.

     Dejó el lápiz sobre la mesa por unos minutos y sonrió. Por primera vez sonrió sin tristeza. Leyó lentamente todo el poema, y levantó los ojos hacia el crepúsculo que comenzaba a teñir de rojo la cima de los cerros. Volvió a recordar la historia de pobreza y de coraje que había sido la de su niñez y adolescencia, y al releer el poema en voz alta le pareció que el crepúsculo sonreía.

     -Oh, mi Dios… -dijo casi feliz. Volvió a tomar el lápiz y escribió el título sobre la primera carilla:       
                                               Sombras de mi Valle Azul

     Y al mirar el cielo con los ojos húmedos, comenzó a llover una lluvia de árboles y de pájaros sobre el valle. Después, en una regresión de imágenes, recobró el rostro de aquel niño añorado, diciendo:

-Tú sabes, sueño mío, que no es cierto. Pero toda verdad necesita de una pequeña mentira…

     La noche entraba por la ventana y la luz de las primeras estrellas ya estaba en el corazón de Esteban Valoy.
    











    




domingo, 16 de agosto de 2020

EL DOLOR DEL DESARRAIGO: OBSESIÓN CREPUSCULAR : Por Juan Carlos Priotti

 

 


EL DOLOR DEL DESARRAIGO





OBSESIÓN CREPUSCULAR




Por Juan Carlos Priotti



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Gracias a mis Queridos Amigos de la AEN por el homenaje que me brindan, compartiendo un poema que escribí hace mucho tiempo donde expreso el dolor del desarraigo. Y estoy muy contento que hayan elegido "Obsesión Crepuscular", fue el primer poema publicado en el Diario El Norte, pues participé (primera vez) en el certamen San Nicolás - Ciudad y Templo (año 1988) donde obtuve la Primera Mención, siendo uno de los jurados el entrañable nicoleño Alberto Lagunas.


Como parte de mi agradecimiento, comparto el borrador que iría de liminar en el poemario "Hojas en el Viento" (aún en cuarentena) que el sello ATHAL de doña Adela Franco publicaría antes de que finalice el año y si la pandemia de covid-19 lo permite también.


"Imágenes en la piel de mis días"


Arrullado por el coro de los años, como una súbita iluminación, suelto la voz al viento. Y desde allí despliego mi canto tanto tiempo guardado, sabiendo que es el único modo de volar cada día de la existencia que me queda. Si, por suerte, el poeta que vive en mi no puede dejar de percibir esa música, llevándome a sombras crepusculares de anteriores instantes.


En este ávido minuto no dejo de llenar mis vacíos, de transitar huellas olvidadas sobre las cenizas del adiós. A veces, las imágenes vuelven al principio y me quedo con ellas largas noches de desvelo, constituyendo una indescifrable hierofanía, un absoluto vívido y tangible en el paisaje de mis recuerdos. Así el Aconquija, la montaña más bella de mi terruño, de quebradas enhiestas entre murmurantes ríos con el sol derramando el crepúsculo en los picos nevados, será siempre la imagen más bella que haya podido contemplar hasta la reverberación del ocaso. Para contar lo mucho que me regocija y lo mucho que me enamora, vale la pena haber nacido.


En estas imágenes deshojadas de un puñado de recuerdos, está la casa paterna abandonada hace tiempo por quienes allí nacimos y crecimos. El viento y la lluvia sembraron musgos en las paredes, que la hacen más humana con toda la intensidad del silencio, donde los arabescos de mis vivencias juveniles estallan juntos a élitros, telarañas y avispones. En donde fue jardín de azucenas y geranios, rosas, diamelas y jazmines, ahora crecen yuyos. Y en el patio, el lugar del antiguo laurel, sólo queda un gajo que pervive junto a un árbol rozagante de palo borracho, cuyas ramas poderosas asoman ya por sobre lo más alto de la casa. Más allá el río, el mismo de mi infancia, por el que todavía navega mi barquito de papel, el nombre persiste pero muy pocos saben de dónde viene y hacia dónde va.


Sin pensar que otra vida igualmente hermosa, reemplazaría aquella otra que cerraba la puerta creyendo que así se iba, abro la ventana y lo primero que me saludan son los pájaros, los mismos que en mi infancia inauguraban el amanecer, a veces con aleteos, otras veces con gorjeos y trinos, pues sus cantos tenían diferentes matices, que me llevaron a atesorar dichas con aquellas voces de mis sueños. Al contacto alentador de los pájaros y de los cerros que contemplo a la distancia, pequeño y hermoso portal en el vasto exilio de la tarde, todo me recuerda mientras contemplo esas imágenes que no tienen límites ni tiempo en el horizonte de mis ojos.


PALABRAS ALREDEDOR DE LA AUSENCIA


Desde esta geografía erguida de las sombras, más que un cielo se refleja un puñado de versos, que el terruño y la vida me han inspirado. La poesía no me fue ajena: hizo de mi vida un sólo acto, un acto simple y sublime, acto de amor, de amor profundo al terruño, de ese amor sin codicia, de ese amor casto, comprensivo, luminoso, que se llama Tucumán. Tal vez por eso soy su rostro, y de esa manera pongo palabras alrededor de la ausencia, para llenar el vacío.


Agotados los pasos -cumplida ya la tarde-, la noche me invade y establezco mi origen, el tiempo y los sueños que voy dejando sobre la trama intangible de las palabras que me recordarán. Palabras verdes entre las sombras; entre las palabras, una abscisa de hojas y un ordenada de viento, símbolo del poemario - escrito para que fuese mi testamento-, esperando llegue al corazón del lector del mismo modo con que me llegó a través del manso arroyo transformado en turbulento río, de los cerros que guardan secretos y misterios desde una eternidad que sólo conoce el Yastay, invadida por mi sombra.


 Por lo tanto me une a una deuda recíproca con mi tierra urente, constelada en imágenes más allá de las palabras y la piel, a veces sangrante detrás de lo visible y, otras tantas, nostálgicas como el abrazo que no sabe de distancias y de ausencias.


Para conjurar la tarde en la piel de mis días, después de este interludio que no es exordio ni crónica, pienso que aún tengo mucho que decir para exorcizar los fantasmas de la memoria. Pero, como dice Pablo Neruda, “aprendí tanto silencio, que tengo mucho que callar”, mientras mis sueños se irán borrando como Hojas en el Viento."

 

sábado, 8 de agosto de 2020

JOSÉ LÓPEZ CORONADO: MANUAL DE LITERATURA CHOTANA

 

La imagen puede contener: una o varias personas y exterior, texto que dice "José López Coronado SHOTP MANUAL DE LITERATURA CHOTANA wayrak GrupoEditorial Chota"
José López Coronado

¡CHOTANOS, AL FIN!
César G. Fernández Saldaña


Amigos y paisanos, al fin se publicó una obra monumental, esencial para comprender nuestra cultura chotana. Se trata de la obra Manual de Literatura Chotana, de la autoría del distinguido intelectual chotano José López Coronado, y publicado con el auspicio y financiación de la Agencia Española de Cooperación Internacional. Una obra que muchos esperábamos.
Es un libro que no debe faltar en la biblioteca de ningún buen chotano. Si para usted no tiene mucho interés un libro de literatura, sí será muy valioso para sus hijos o sus nietos; pues hay un momento en que todos nos interesamos por nuestras raíces familiares y culturales. Ellos se lo agradecerán en el alma.
Tal vez algunos profesionales no se interesen por la literatura; sin embargo, sepamos que es de los literatos y pensadores que han salido las actitudes e ideas que movilizan el mundo. Tal vez algún ingeniero, economista o técnico piense algo como “yo no leo literatura, y por tanto a mí no me mueven esas ideas”. Casi es cierto, porque quienes lo movilizan a él no son directamente los literatos, sino otras personas tales como los jefes, los políticos, los estrategas, los que guían el mundo; es decir los sí leen y que han alimentado sus actitudes en la literatura y en la filosofía; y son lo que toman las decisiones sobre para qué trabajan y producen los técnicos, y hacia donde dirigen los esfuerzos de ellos. Pasemos revista a los gobernantes de todos los tiempos y me darán toda la razón. En nuestro caso de América Latina, los movimientos revolucionarios se gestaron a partir de los literatos que pintan nuestra realidad autóctona, tales como Ciro Alegría, José María Arguedas, el Ecuatoriano Jorge Icaza, y muchos otros.
Para ilustración de lo que afirmamos, leamos esta maravillosa cita de uno de los más grandes revolucionarios y gobernantes latinoamericanos el Cubano José Martí, cuando refiriéndose a la poesía, que pudiera ser también la literatura en general, dice:
“¿Quién es el ignorante que mantiene que la poesía no es indispensable a los pueblos? Hay gente de tan corta vista mental, que creen que toda la fruta se acaba en la cáscara. La poesía, que congrega o disgrega, que fortifica o angustia, que apuntala o derriba las almas, que da o quita a los hombres la fe y el aliento, es más necesaria a los pueblos que la industria misma, pues ésta les proporciona el modo de subsistir; mientras que aquella les da el deseo y la fuerza de la vida”.
Queridos paisanos, esta obra monumental, puede ser adquirida, increíblemente, por 20 soles (más 10 soles de transporte a Lima y otras ciudades). Es porque está financiada por la Agencia Española de Cooperación Internacional.
Procedimiento:
a) Depositar S/.30. en la Cuenta del Banco de la Nación Nº 04271314871.
b) Llamar telefónicamente al Prof. José López Coronado y darle la dirección domiciliaria y las referencias para mejor ubicación.
c) La obra será entregada a su domicilio en un término de 72 horas.